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13.2.17

O que nunca pedir num restaurante


(EL CONFIDENCIAL, 13.01.17)
El prestigioso chef Bourdain advierte de lo que nunca debes pedir en un restaurante
Las especialidades son cosa de cada local. Con todo, se puede predecir a veces qué platos no van a estar en buenas condiciones. Es lo que piensa el chef Anthony Bourdain
Enfrentarse a la carta: tarea nada fácil. Las causas para ir a un local u otro no están a veces muy definidas: el consejo de un amigo; la crítica que leímos hace tiempo en un determinado medio; el deseo de probar algo nuevo, pero indefinido; o, simplemente, que un día hemos pasamos por delante y el sitio nos ha resultado particularmente atractivo. Acudimos a los restaurantes por pareceres bastante irracionales y cuando llega el momento de seleccionar un plato nos podemos sentir bastante perdidos si antes no nos hemos informado sobre los puntos fuertes del lugar.
¿Te gusta la carne muy hecha? Los peores cortes pueden ser aprovechados por el personal, carbonizando la carne y escondiendo su sabor.~

Si no disponemos de datos previos, un buen criterio para poder elegir es saber, precisamente, lo que nunca debes elegir, o sea, pensar a la inversa. No podemos ofrecer claves sobre lo que no va a fallar nunca en la mesa, ya que ello depende de las especialidades, de los productos, de los conocimientos de los cocineros... Sí se pueden establecer, sin embargo, pautas sobre lo que es probable que no vaya a funcionar. Por lo menos eso asevera el veterano chef Anthony Bourdain, antiguo jefe de cocina de la Brasserie Les Halles de Manhattan. La estrella mediática habla sobre algunos de los platos y de las prácticas que deberías evitar a toda costa en varios de sus libros. Veamos detenidamente el sugerente elenco de consejos.

Carnes, pescados y mariscos
¿Te gustan los filetes muy hechos? Pedir la carne cocinada de este modo suele ser la preferencia de aquellos a los que en realidad no les entusiasma este alimento. Preparar la carne demasiado hecha es una práctica que arrastramos desde el siglo XIX, cuando era más difícil conservarla en buenas condiciones. Si te gusta de este modo, que sepas que el restaurante te la puede jugar. Los peores cortes, es decir, aquellos que están más rancios o que carecen de sabor, pueden ser aprovechados por el personal, carbonizando los filetes y sirviéndolos con un gusto un poco a quemado. Es también fundamental escapar de la moda de la carne de vaca japonesa llamada wagyu. Cuando el precio que aparece en la carta es demasiado bajo. Se trata de un auténtico manjar que no puede estar presente en la carta de cualquier restaurante.

No comas en un local que tenga los baños sucios. Si el retrete no está en unas mínimas condiciones sanitarias imagina lo que pasa en la cocina.

Respecto al pescado, ya se sabe. Nos podía gustar más o menos cuando éramos pequeños, pero lo cierto es que nuestras madres no nos lo preparaban jamás los lunes, ¿por qué, entonces, deberíamos encargarlo dicho día cuando salimos a comer fuera? Bourdain ha sido siempre el gran defensor de que el día perfecto para el pescado era el jueves, momento en el que los cocineros encargan su compra en el mercado. A pesar de defender con ahínco en su libro 'Kitchen Confidential' que no se comiera jamás pescado los lunes, Bourdain se ha retractado recientemente y con, excepción de aquellos locales particularmente económicos, asegura que ahora el pescado se puede pedir cualquier día de la semana. Podemos ser un poco más confiados también por lo que se refiere al sushi, si bien Bourdain ha recomendado en declaraciones pretéritas ser especialmente precavidos por lo que se refiere a los híbridos entre comida china y japonesa que ofrecen sushi barato.

Atentos a las ostras y a los mejillones.
Importante tomarnos en serio el tema de las ostras pues que no estén en buenas condiciones entraña serios peligros para la salud. Lo mismo ocurre con el marisco. Si es fresco, y no está congelado, debería limitarse única y exclusivamente a los locales situados cerca de la costa. Respecto a los mejillones, Bourdain reconoce que no los come jamás a no ser que conozca al chef o haya podido ver el producto con sus propios ojos, ya que advierte que el personal no es muy escrupuloso con su manejo. Un solo mejillón en malas condiciones puede arruinar al resto del producto sano.
Errores mayúsculos
El brunch es una práctica que está sobrepasando las fronteras del mundo anglosajón. La costumbre de juntar el desayuno y la comida se está instaurando en países donde no era tradicional, ya que permite aprovechar mejor las horas libres del domingo. Cocinarlo en casa puede ser una opción polémica, pero viable; tomarlo en un restaurante resulta, por el contrario, un craso error. La razón es que esta comida para vagos se suele elaborar con los restos del viernes y del sábado. El brunch suele estar preparado además por el equipo B del restaurante y es donde muchos aprendices experimentan para poder adquirir el oficio. Si esto ocurre en países donde el brunch es tradición, como en el Reino Unido o en Irlanda, nos podemos imaginar lo que sucede tras los fogones de los restaurantes del resto del planeta. Uno de los platos típicos de este desayuno-almuerzo son los huevos con salsa holandesa, un condimento que, literalmente, apasiona a las bacterias que la colonizan de manera masiva. Advierte Bourdain que jamás ha visto preparar esta salsa en el mismo día en que se sirve. ¿Unirte a la moda del brunch? ¿Estás seguro?

Regla de oro para Bourdain: no comas jamás en un restaurante que descuide los baños. Si el local no es ni siquiera capaz de tener el retrete en unas mínimas condiciones sanitarias o el suelo de los lavabos está particularmente sucio, imagina lo que puede estar sucediendo en la cocina.
Pero la mayor equivocación, el error más grave que puedes cometer, es, para Bourdain, el de solicitar un plato que no se encuentra en el menú. Si por motivos de dieta te encuentras limitado en los alimentos o si no te gusta lo que ves escrito en la carta, piénsatelo dos veces antes de hacer el papel de comensal 'outsider'. Los camareros se enojarán al tener que explicar en la cocina tu extraña petición, los cocineros tendrán demasiadas tareas como para centrarse en los detalles de tu plato. La comida saldrá a la mesa con retraso y seguramente no estará bien cocinada. En definitiva, te juegas que todo el mundo acabe descontento (empezando por ti mismo). En resumen, una alternativa menos inteligente que discutir incluso con el propio personal.

27.12.16

A aletria da consoada

O menu da consoada  deste Natal não foi muito diferente do que costuma ser. O bacalhau, talvez por virtude de um truque aprendido quase no próprio dia, estava excelente, lascoso e não afarinhado, como às vezes sucede. Como é de regra, o polvo estava melhor no dia seguinte, na "roupa velha". Era tenro e deu origem às graças de que "o polvo é quem mais ordena" ou, a recordar Pinheiro de Azevedo, de que "o polvo é sereno". A reserva da Quinta do Castro estava no ponto, embora o ano nem sequer fosse o ideal. Ah! E o perú do dia de Natal estava saboroso, com pele crestada, se bem que, para o ano, e para o meu gosto, umas batatas alouradas devam fazer parte do acompanhamento, como mandam as NEP.

Mas isto foi um mero intróito para poder falar dos doces. (Uma nota, em parêntesis, para o bolo-rei da Gomes, plenamente à altura da sua história). Os sonhos marcharam sem grande entusiasmo, porque, de há muito, são os mal-amados da casa e só se apresentam por rotina. Já as rabanadas, o "pain perdu" lusitano, tiveram larga procura, com um molho a preceito. Não me refiz ainda da falta da sopa dourada, que a minha mãe fazia como ninguém. E como, desde há uns anos, deixou de estar na mesa, por razões que não são para aqui chamadas, um doce de chila com ovos que me alimentou a glicose sazonal por décadas, fiz questão de não levar a sério um substituto de chocolate que por lá se apresentou. Para compensar, uma mousse de chocolate sem ovos foi uma excelente surpresa, no dia de Natal.

Mas do que eu quero verdadeiramente falar-lhes é da aletria. Sou um fã dessa delícia amarela, quadriculada a canela, mas as minhas desilusões nessa matéria excedem, em muito, os grandes momentos. Houve um ano em que desconfiei mesmo que a travessa de aletria era patrocinada pela Cimpor, tal a textura que o suposto doce apresentava. Outros houve em que a massa estava deslavada, permeada de um líquido que lhe dava uma consistência esquisita, menos agradável. Até este ano! O ano da aletria 20 valores! A tecitura era a ideal, o açúcar estava na medida certa, o sabor era "aquele" que devia ser. Nada a mais, nada a menos. A aletria 2016 foi um "vintage", uma colheita ímpar. Só por aquela (digo "aquela" porque, infelizmente, já lá vai) aletria valeu a pena este Natal. Mas já vou passar um ano angustiado: como será a aletria de 2017, com o "benchmark" de 2016 tão elevado?

23.12.16

Café de S. Bento (Lisboa)


O pecado da carne

Um alerta à “classe operária”: vou falar de um ambiente burguês! Pode haver, em Lisboa, locais tão burgueses como o Café de São Bento (e lembro-me de alguns), mas nenhum o é mais. O restaurante de que hoje vos falo é a encarnação daquilo que de mais saudavelmente burguês pode existir. Da decoração “chic sóbria” ao serviço delicado e profissional, da qualidade do que nos é proposto à fatura final, estamos ali no espaço de uma Lisboa que se trata bem, que assume algum epicurismo, que não regateia o requinte, que está disposta a pagar o conforto de uma refeição que a satisfaça em pleno. O Café de São Bento é um restaurante caro? Não é. Porém, como tudo aquilo que se mede à luz da bitola burguesa, também não é um restaurante barato. O que de mais elogioso posso dizer sobre este local é que o preço que ali nos cobram está em perfeita sintonia com a qualidade daquilo que nos é oferecido.

Alguns dirão: mas o Café de S. Bento são só bifes! Esta é apenas uma “pós-verdade”. Os bifes são, por ali, a alma gastronómica da casa. (Já lá iremos). Mas o leitor pode iniciar a refeição com uns Camarões “al ajillo”. Ou um (sempre excecional) queijo da Serra da Estrela certificado, acompanhado de uma geleia de Pimento de Espelette. Ou optar por um Carpaccio de Salmão fumado, com vinagreta de mel e lima, rúcula e tapenade de azeitona verde. Ou ainda um Carpaccio de Novilho, sobre o qual encontrará, naturalmente, um pouco de parmesão e pimenta rosa. Ou, ainda, pode deliciar-se com um Pata Negra (há mesmo uma “trilogia”) de grande nível.

Em coisas mais leves, com reflexo favorável no preço, tem uma oferta de Salmão fumado com salada, sobre tosta de pão alentejano e queijo creme com ervas final. Ainda mais “em conta”, um excelente Prego do Lombo, servido em pão alentejano com batatas fritas à rodela e salada tem-me “sabido pela vida” com frequência. E há Tostas, com manteiga “a dourar”.

Mas o leitor quer que lhe fale dos bifes, não é? Vamos a isso.

O “rollsbeef” da casa é o Bife à Café de S. Bento, versão magnífica do clássico da culinária lisboeta “bife à Marrare”, imerso num molho suculento. A qualidade da carne é sempre (repito, sempre) soberba. Vem com batatas aos palitos. Pode pedir para colocar um ovo estrelado por cima e uma dose de esparregado de espinafres ou uma salada verde, que vai sempre bem de acompanhamento e absolve vegetarianamente o “pecado”.

Mas o Bife à Portuguesa que o Café de São Bento também nos propõe, frito em azeite, com alho e louro, com batatas fritas (desta vez) às rodelas é também “um espetáculo”, como alguns dizem. E, finalmente, há ainda o Bife grelhado tradicional, com o tipo de batata que lhe aprouver. Em todos os casos, um conselho: se puder, opte pela carne mal passada (ou “medium-rare”, no máximo). Ela merece…

Esqueci-me de falar do pão de mistura de centeio e trigo, alentejano, com manteiga fresca, que lhe vão propor, a abrir. Cuidado com ele! É um perigo, porque é delicioso.

As sobremesas? Só duas notas, dentre as várias propostas: o “crème brulée” e o Carré 2 Chocolates (leite e negro, com 70% de cacau) sobre biscoito de amêndoa e crocante de avelã. Para acompanhar, há um Porto, um “late harvest” ou um moscatel.

Uma nota sobre os restantes vinhos. Douros e Alentejo em evidência (algumas meias garrafas e a copo), com Dão, Lisboa e Sado representados.


Na vida, às vezes, constatamos que “a carne é fraca”. Não é o caso do sempre magnífico Café de São Bento… 

1.12.16

Bairro do Avillez


O espaço é novo e muito curioso, logo abaixo da Cervejaria Trindade (já agora: está uma sombra do que era), em Lisboa. Duas salas com serviço diferenciado: à entrada, sem marcações, uma coisas mais leves e mais em conta, lado a lado com a venda de alguns produtos selecionados. Lá dentro, um restaurante com ofertas de nível mais elevado, mas, nem por isso, a preços exagerados. Uma constatação se impõe, por mera justiça: excelente cozinha, serviço muito agradável e profissional, tudo numa relação qualidade/preço à altura daquilo a que José Avillez nos habituou. Uma das boas coisas surgidas na restauração lisboeta em 2016. Só posso desejar sorte a mais esta aventura do chefe "duas estrelas" que muito tem prestigiado a gastronomia portuguesa e que, não por acaso, recebeu no passado dia 24 a raríssima Medalha de Ouro da Academia Portuguesa de Gastronomia.

30.11.16

Dona Lurdes


Há dias felizes assim, como hoje. Batemos com o nariz na porta de um restaurante em Pedras Rubras, que imprudentemente não havíamos cuidado em verificar se estava aberto, e decidimo-nos por um outro, na Maia, de que nos falavam bem. E era verdade. Numa avenida larga da bem urbanizada cidade periférica do Porto, o Dona Lurdes é um belo espaço de restauração - moderno, arejado, com bom gosto e um serviço atento, conhecedor e educado, executado pelo próprio dono. Na impecável cozinha à vista plena da sala, a sua mulher, uma transmontana de Sabrosa, orienta uma equipa fardada a rigor, um rigor que se notou também no cuidado culinário posto em tudo aquilo que nos foi servido, em doses generosas e de muito boa qualidade. Um vinho da casa muito simpático e sobremesas de se comer e chorar por mais completaram uma excelente refeição, numa boa relação qualidade/preço, que nos saciou o apetite mas no-lo abriu para uma muito próxima nova visita.

28.11.16

Vila Real


O meu amigo Sérgio Rebelo, que oficia economia lá por Chicago, tem um magnífico blogue sobre a "terrinha" onde acaba de colocar, em inglês, uma referência ao Restaurante Lameirão, em Vila Real, uma das oito maravilhas do mundo (já havia sete...). Não fui eu quem lhe indicou o poiso gastronómico, foi ele quem o descobriu.

Aqui fica o link.

21.11.16

Recado às escolas de hotelaria


Não será possível ensinar ao pessoal que sai das escolas hoteleiras portuguesas, para benefício dos profissionais que delas saem para hotéis e restaurantes, três coisas muito simples, mas essenciais para a prestação de um serviço de restauração educado, amável e respeitador?

A primeira é que nunca, mas NUNCA, se trata o cliente por "você". É uma indelicadeza, uma falta de consideração e, no meu caso, representa um ponto muito negativo na decisão futura de regressar a uma restaurante.

A segunda, que também muito se vê por aí, é o gesto de passar as coisas à frente dos clientes, sejam os pratos, seja a colocação de talheres. Salvo se tal for de todo impossível, por dificuldades absolutas de espaço - situação em que o empregado deve pedir licença para esse gesto excecional - não é admissível que o braço do empregado se atravesse à frente do cliente. Neste caso, raramente me coíbo de fazer uma observação, o que, por vezes, acaba por ter um efeito negativo no fluir normal do resto do serviço.

Finalmente, a terceira observação tem a ver com o serviço do vinho. Desespera-me o afã com que os empregados despejam, com uma irritante regularidade, o vinho nos copos, procurando esgotar tão cedo quanto possível as garrafas. Tenho assistido a cenas em que, servida uma primeira vez uma mesa com meia dúzia de pessoas, a garrafa chega logo ao fim e o empregado se apresenta, com falsa inocência, a perguntar se queremos que se abra logo outra. É uma "chico-espertice" que, no meu caso, leva a que, no final, eu o brinde o empregado com "zero" euros de gorjeta. Quando a refeição se passa entre gente sem cerimónia entre si, é possível pôr cobro fácil ao abuso, com um alerta imediato ou um "deixe ficar a garrafa, nós servimo-nos". Porém, tratando-se de pessoas com as quais há menos confiança, um gesto desses é mais difícil de ser executado, o que faz com que, não raramente, quase o volume de uma garrafa de vinho fique, no final da refeição, nos copos (em especial de quem bebe menos).

Repito: não seria possível as escolas de hotelaria ensinarem a não proceder desta forma?

20.11.16

Mário Luso


Já há uns anos que não parava no Mário Luso, um clássico nos Carvalhos, na saída sul do Porto. Criado em 1942, foi, durante décadas, um apoio seguro na estrada nacional nº 1, entre o Porto e Lisboa, que ali passava à porta. O restaurante fez entretanto evoluir o seu espaço, desde há alguns anos, "confortabilizando-o" bastante, mas sem lhe retirar o cunho rústico muito próprio. O pessoal de apoio às mesas é de uma extrema simpatia e a qualidade do seu serviço é muito boa. Desta visita, ao lado de várias notas positivas que alicerçam a vontade de voltar, ficaram-nos alguns "mixed feelings" sobre aquilo que nos foi servido. Pela sua história, pelo esforço que há muito o Mário Luso desenvolve, com grande empenhamento, prometi-me regressar daqui a uns tempos, para um tira-teimas comigo mesmo.  

19.11.16

Paparico


É uma oferta gastronómica radicalmente diferente aquela que o Paparico, na Rua Costa Cabral, no Porto, nos oferece nos dias que correm. Sou do tempo, a partir do final dos anos 80, onde por ali preponderava o meu amigo Cardoso, um homem de Resende, de onde trazia algumas vitualhas e líquidos do Douro, na base dos quais assentava uma cozinha tradicional portuguesa de grande solidez. Assisti depois ao alargar do espaço, das quatro mesas originais para a criação da ampla sala adjacente, com a pedra das paredes a projetar conforto. Comi por lá muitas vezes, sempre muito bem. Voltei agora. O "conceito" é outro, radicalmente diferente. Apenas menus de degustação, de preço elevado, tornando-se muito elevado (para os padrões portugueses) se aceitarmos a harmonização de vinhos proposta. Não fomos por essa opção, escolhendo um acompanhamento da excelente lista de vinhos que o restaurante apresenta, com preços também eles um tanto inflacionados, o que talvez explique que a nossa mesa fosse a única com portugueses. O jantar foi de muito boa qualidade, sem ser deslumbrante, com um serviço extremamente profissional e sabedor. Fiquei com a sensação de que o "novo" Paparico é uma espécie de "ilha" turística para bolsas abonadas. Só lhe posso desejar boa sorte!  

Parlamento


Come-se muito bem no Parlamento. E não me refiro ao restaurante da Assembleia da República. O Parlamento de que lhes falo é o mais clássico restaurante de Arouca. Há anos que ouvia falar dessa catedral da restauração, mas só agora tive o ensejo de passar por lá, para um almoço com amigos. Foi uma experiência excelente, que tenciono repetir logo que possível. O espaço não tem nada de extraordinário, o serviço tinha aquela simpatia expectável da província, mas a comida era de "chorar por mais". As opções da lista foram clássicas, das carnes à doçaria, que, como é sabido, é uma das "perdições" da terra. Com "parlamentos" destes o povo "governa-se" sempre bem.

18.11.16

Versailles


Só não sou um "habitué" da Versailles porque esta pastelaria e restaurante me não fica "à mão". É sempre um lugar agradável para um chá, com um serviço profissional e atento. Nos dias que correm, as obras na Avenida da República tornam uma ida à Versailles numa espécie de caminho entre trincheiras mas, pronto!, passei por lá para almoçar. Reservei uma mesa "em cima", porque desagradam-me as do piso térreo, onde se não consegue ter uma conversa discreta. A refeição não ficou nos anais, mas a Versailles é um espaço tão simpático que (quase) esqueci que apenas comi "assim-assim". 

16.11.16

Café de S. Bento


Há poucos lugares onde não se corre o risco de comer mal. O Café de S. Bento, junto à Assembleia da República, em Lisboa, é um deles. Nunca de lá saí desiludido e sou um cliente com décadas de visitas. O preço não é barato, mas a qualidade é soberba, em especial a carne dos famosos bifes da casa, o "rollsbife" de Lisboa. O pessoal é impecável no seu profissionalismo e simpatia. O espaço, em especial depois da remodelação há uns anos, está excelente. É um imenso gosto jantar por ali (embora agora abra ao almoço). Eu, que não gosto de jantar sozinho, quando eventualmente isso acontece faço-o, com grande agrado, no Café de S. Bento. 20 valores! 

4.10.16

O "espetáculo"

Como sempre, perguntei ao João, dono da Imperial de Campo de Ourique (Rua Correia Teles, 67/69), o que nos recomendava para o almoço, no sábado passado. Notei-lhe a tradicional hesitação: estava tudo "um espetáculo!". Vou desistir: nunca consegui arrancar dele um destaque de um menu de que se orgulha como um todo. E, pronto!, depois do belo presunto de entrada (teve de vir reforço!) lá optei por um Bacalhau à Minhota que, de facto, estava muito bom. Desta vez, o vinho da casa, bem gabado pelo João, era da zona de Arruda, e também era excelente. Um belo almoço! E barato.

A Imperial é uma casa simples que tem ar de ter sido uma antiga garagem. É um lugar onde me sinto bem, uma casa amiga, a que regresso sempre com gosto e sou recebido com uma inexcedível simpatia pelo João - um minhoto de Ponte da Barca com quem falo das suas raízes comuns com o meu bisavô.

Aqui fica a fotografia da "troika" familiar que torna a Imperial num "espetáculo!".

3.10.16

Adeus, Ancoradouro!


Era uma casa muito simpática no Moledo, propriedade de pessoas com quem, com os anos, vim a estabelecer uma magnífica relação de amizade. Os seus grelhados e o peixe fresco foram lendários, como o era a simpatia dos proprietários, a começar na Dona Fátima, passando pelo falecido Manuel Galvão e a acabar no filho Alfredo.

Dizem-me agora que o Ancoradouro fechou. Tenho imensa pena.

Regresso ao trabalho


Os amigos que fazem o favor de me seguir queixam-se recorrentemente de que este blogue tem estado "inerte". Têm razão. Falta de tempo e a necessidade de ter algum cuidado quando se aborda um tema que mexe com a vida e o trabalho de outros tem-me levado a uma forte parcimónia na elaboração de textos.

Vou assim tentar um novo modelo, por assim dizer. Para além da transcrição aqui das croniquetas restaurativas que escrevo noutros locais, vou adotar um género diferente, isto é, pequenas e mais frequentes nótulas sobre experiências tidas em visitas a certos restaurantes. Veremos se resulta.

29.7.16

Casa Aleixo (Porto)



O polvo é quem mais ordena

No Porto há vários restaurantes clássicos, mas eu arriscaria dizer que, nos dias de hoje, nenhum tem os pergaminhos históricos do Aleixo.
O Aleixo fica em Campanhã, a dezenas de metros da mais movimentada estação ferroviária da cidade. Contudo, nem por isso sofre da banalização que, muitas vezes, afeta os lugares de restauração próximos dos centros de transportes coletivos. Ao longo de toda a sua existência, com altos e baixos, somados a crises e dissídios, a casa tem conseguido sustentar uma qualidade muito apreciável, sendo procurado por uma clientela fiel local e, em especial nos últimos anos, também pelos turistas que enxameiam o Porto. E, claro, por forasteiros como eu, que mapeiam o país das boas vitualhas.
O espaço do Aleixo é típico de um restaurante sem grandes sofisticações, mas com um ambiente acolhedor, quase caseiro. Não fora a pressão de clientes em dias de maior procura e seria tentado a dizer que recorda as saudosas pensões de província, nos tempos imemoriais do “bom e barato”. Estamos um pouco longe disso, isto é, continua bom mas, como não podia deixar de ser, porque a qualidade dos produtos tem de ser paga, já não é um restaurante qualificável como barato – muito embora, a meu ver, tenha uma relação qualidade/preço muito boa.
Sou cliente antigo do Aleixo. Nem me recordo de quando por lá parei pela primeira vez, seguramente saído de um comboio ou a fazer horas para ele. Creio que sou ainda do tempo em que nem café era por ali servido, como também lembro o período, menos agradável, em que, para o tomar (mas de saco), éramos obrigar a deslocar-nos para uma sala feita bar, em bancos incómodos, onde se acertavam as contas finais. Hoje, esse espaço passou a ter mesas e foi aí que, há dias, almocei.
O que se comeu? Abriu-se com bolinhos de bacalhau, feitos na hora, com a consistência certa, acompanhados de feijão frade. Deixámos para memória futura os rissóis de pescada e os croquetes de alheira, e as tradicionais tripas, entre as várias entradas sugeridas – mas não impostas, como deve ser.
Por mim, raramente consigo ir ao Aleixo sem comer os seus filetes de polvo, “com arroz do mesmo”, que encantavam o Jaime Ramos, o polícia da ficção do Francisco José Viegas. Devo dizer, sem a menor sombra de dúvida, que são os melhores filetes de Portugal, embora não arrisque dizer “do mundo”, como ousa Miguel Esteves Cardoso. São muito bem cozinhados, “al dente”, para pedir de empréstimo um termo das massas. O arroz estava simplesmente de comer e chorar por mais.
Mas, em matéria de filetes – porque nem só de polvo por ali se vive – provaram-se uns de robalo do mar, com ameijoas à Bolhão Pato, que, estando bons, não fizeram esquecer os tradicionais de pescada, que continuam nos lugares cimeiros do património culinário da casa.
O Aleixo tem também um bacalhau frito de cebolada que recordo excelente. E carnes, claro, onde se destaca uma posta de vitela maronesa que um dia experimentei com gosto. Aos jantares de sexta-feira e ao sábado, há por ali cabrito assado no fogão a lenha. A costela mendinha assada é servida às quartas-feiras.
Não falei das sobremesas. As famosas rabanadas da casa e o pudim Abade de Priscos confirmaram a expetativa.
A carta de vinhos não é muito extensa, mas tem o essencial. Fomos por um verde branco “Avesso”, simpático e boa companhia para uma refeição da qual que saímos muito agradados. Como sempre, aliás.



Casa Aleixo

Rua da Estação, 216

Campanhã

Porto

Telf: 225 370 462

Reserva aconselhada

Estacionamento próprio

Não fumadores

Encerrado ao domingo

Preço médio: 25 euros

27.6.16

"Pedra Furada" (Barcelos)



Viandantes e mesários

Tenho um amigo que aplica a palavra «viandante» a quem goste de ir à procura de locais com boa carne. É claro que se trata de uma corruptela sinonímica. Os viandantes são os caminheiros. Mas por que diabo são chamados aqui, a um espaço de notas sobre restaurantes?

Na vida, passei três vezes pelo «Pedra Furada». A primeira, no final dos anos 70. O espaço era algo diferente e chamava-se ou chamavam-lhe «Maria da Pedra Furada», por virtude do nome da proprietária. Terá nascido de uma tasca criada há 70 anos, passando, em 1974, a restaurante. Ficou-me na memória ter já então uma cave de vinhos afamada, num tempo em que, pela província, isso não era muito vulgar. Ainda hoje ela se recomenda, muito embora, nesta última visita, tenha me tenha satisfeito com o muito razoável tinto da casa.

A aldeia de Pedra Furada fica a 5 kms a sul de Barcelos (melhor, de Barcelinhos, para quem conhece as peculiaridades da área), na Estada Nacional 306. É um espaço rústico, com um serviço profissional e atento.

O proprietário, António Herculano, é uma figura hospitaleira que, entre a chegada das vitualhas à mesa, nos fala com entusiasmo da mudança profunda que o seu projeto comercial sofreu, por virtude do local se ter tornado num afamado ponto obrigatório de passagem de peregrinos no Caminho de Santiago de Compostela. Daí os viandantes, percebem agora?

Ao lado do restaurante, num espaço cosmopolita, cruzam-se diariamente gentes de todas as partes do mundo, contando-se bem para cima da centena as nacionalidades visitantes. Mas, a bem da verdade, não me parece que esses romeiros, mais frugais, procurem o que a mim me levou ao “Pedra Furada”: a sua sólida comida regional.

No rol de entradas, salientam-se as Papas de Sarrabulho e as Tripas de Porco. Quem não for usado, pode ficar pelas pataniscas, pelo chouriço ou pelas sopas.

Nos peixes, a oferta fresca não é grande (linguado, pescada ou robalo), mas realça-se um naipe de quatro Bacalhaus – à moda da casa, com broa, cozido ou assado – que são uma das marcas do restaurante. Provou-se o primeiro, “à Narcisa”, que estava de grande qualidade, demolhado ao ponto, lascando como deve ser.

Das carnes, passando por entre a Pá de Porco, os Rojões e os clássicos bifes e escalopes, foi-se para o Cabrito Assado no Forno, que é também um conhecido cartão de visita. Não nos arrependemos, tinha ótimo sabor, embora a hora tardia da visita o tivesse trazido um pouco seco. Por encomenda, há por lá o famoso Galo Assado, bem típico da região, o Arroz de Cabidela e o Bacalhau Dourado.

Uma lista de sobremesas simpática, onde brilha o Pudim Abade de Priscos, fecha o repasto. Mas notei um Pudim de Laranja, uma Tarte de Amêndoa, além dos clássicos (Mousse, Leite Creme, etc). Não fomos para os Mexidos (um doce limiano com pão, frutos secos e mel) mas para umas Rabanadas de leite (também havia de vinho do Porto), porque, neste domínio, o Natal é quando o cliente quiser.

Em suma: não são muitas as novidades, tendo a casa optado por algumas sólidas “âncoras” que, em especial nos fins de semana, têm forte procura e recomendam reserva.

Por mim, sempre que puder, não como viandante mas apenas como “mesário” (outra corruptela sinonímica, desculpem lá!), passarei por este clássico e simpático pouso minhoto.



Restaurante “Pedra Furada”
Rua de Santa Leocádia, 1415
Pedra Furada, Barcelos
Fecha 2ª feira ao jantar
Tlf. 252 951 144
Preço médio: 20 euros
Wifi
Estacionamento fácil

"O Poleiro" (Lisboa)



Nos restaurantes, como na vida, tenho dias.
Por vezes, agrada-me ser surpreendido, entrar num espaço desconhecido, ser confrontado com uma coreografia diversa dos rituais banais de acolhimento, com gestos que fogem ao template aprendido nas escolas de hotelaria. Gosto de propostas de novos sabores, ou de sabores tradicionais tornados distintos, desde que isso não signifique a tentativa de ser exótico a todo o custo.
Outras vezes, contudo, prefiro descansar na rotina, nas caras conhecidas que me recebem, por mesas que me falam de conversas passadas, às vezes com amigos que não voltam. Na lista de que sei o essencial de cor, antecipo sabores em algumas das propostas que leio, como quando, em velhas casas de família, aguardamos uma certa sopa que fumega na terrina, rescendendo, como dizia o Eça, de uma forma deliciosamente idêntica, ao longo dos anos. É o conforto preguiçoso do conhecido, que irrita alguns obsessivos do novo.
Sempre que entro no Poleiro reacende-se-me este último sentimento, embora, para o leitor, a visita possa, ao invés, corresponder a uma primeira e marcante experiência.
Conheço aquela casa há mais de três décadas, exatamente tantas quantas ela leva de existência. O Manuel e o Aurélio Martins ali estão, como sempre, serenos, sorridentes, de um profissionalismo límpido e aparentemente simples. Porém, não obstante a sustentação evidente da qualidade, o universo cada vez competitivo da restauração é um desafio diário.
O restaurante, que continua pequeno, cresceu daquelas que foram as escassas mesas na sua fundação. Quase que se poderia dizer que a decoração, sem arrebiques ou pretensões, muito acolhedora e prática, prenuncia a cozinha portuguesa genuína que a casa oferece. Nela se cruzam influências minhotas e transmontanas, com a presença dos sabores do Alentejo em algumas das escolhas.
À entrada, sobre o balcão, um estendal variável de vinhos é-nos decifrado pelo saber ímpar do Aurélio, sempre atento às novidades enológicas que interessa reter, cobrindo bem as principais regiões.
Na cozinha, orientada pelo Manuel, mestre na arte da grelha, responde-se à carta que, com os anos, cresceu e ficou mais diversa, reforçando no cliente o embaraço da escolha.
Comece-se por atentar nas entradas: contei 14 da última vez que lá passei. Destaques? O misto de cogumelos silvestres frito com alho, a alheira fumada do Barroso, a morcela de Idanha com laranja e, dois clássicos por que optámos, os sempre excelentes peixinhos da horta e os ovos mexidos com espargos e farinheira.
Nos pratos, os peixes são sempre irrepreensivelmente frescos, sendo as carnes muito bem tratadas. É difícil optar, confesso. Fomos por um arroz de vieiras, com estas numa textura certa, e por umas pataniscas de camarão com arroz de lingueirão, que estavam deliciosas. Um prato clássico da casa é a massada com cabeça de garoupa e gambas, como também o é o arroz de línguas de bacalhau com coentros.
Nas carnes, decidimos pedir umas iscas na frigideira à portuguesa, por ali sempre fiáveis. Mas muito deixámos de parte, embora quase tudo já testado no passado, com grande proveito: por exemplo, as costelinhas de porco na grelha com açorda de coentros, a ilhada de vitela barrosã no caçoilo com arroz de feijão ou o arroz de costela em vinha de alhos com grelos. Ah! E a famosa barriguinha de porco grelhada, com massa e feijão. Mas há por ali muito mais!
As sobremesas (se o leitor conseguir lá chegar…) não são muitas, mas são sempre de qualidade: o mimo de chocolate, o pudim do abade de Priscos e o pudim de abóbora com coco foram as nossas escolhas, entre outras possíveis. Os queijos beirões e alentejanos podem também fechar a refeição.
Volto ao que disse no início: saber aquilo que nos espera ao abrir uma porta é um sentimento muito agradável. O Poleiro, para mim, continua a ser exatamente isso.

Restaurante “O Poleiro”
Rua de Entrecampos, 30 A
1700-158 Lisboa
Tel. (+351) 217 976 265
www.opoleiro.com
Fecha ao domingo

·       Há quase trinta anos, eu morava ali perto. O Aurélio ligava-me, quando a mesa pretendida vagava. Mal eu acabava de me sentar, “pousavam” os peixinhos da horta.
·       A rua de Entrecampos, ali ao lado da avenida da República, é um destino algo improvável para um bom restaurante. O que só prova que a qualidade, quando existe, tem muita força.
·       Nunca me recordo de ter pedido um vinho no Poleiro. Sem surpresas más, na qualidade e preço, deixo-me sempre guiar. Nunca me arrependi e aprendi muito.
·       A culinária da restauração lisboeta tradicional deve muito à cultura gastronómica galega. No Poleiro, um restaurante feito por gente do Norte, sinto frequentemente essa influência.

27.5.16

Restaurante Galito (Lisboa)




Alentejo sem atravessar o Tejo

A cozinha alentejana tem, nos dias de hoje, vários poisos em Lisboa, alguns com muito boa qualidade. Dentre as cozinhas regionais portuguesas, é seguramente a que está mais bem representada na capital. O “Galito”, ali à entrada de Carnide, é, creio, o mais antigo restaurante alentejano de Lisboa. Salvo erro, aliás, o único que mantém uma carta com 100% de culinária do Alentejo. 
O espaço que o “Galito” hoje ocupa é o terceiro que lhe conheço. É mais moderno e confortável do que os dois anteriores. Porém, devo dizer que tenho alguma saudade da primeira casa: uma sala minúscula, onde era dificílimo conseguir mesa e onde conheci a cozinheira originária, a Dona Gertrudes que, muito provavelmente, foi a maior figura de sempre da culinária alentejana por terras de Lisboa. A Dona Gertrudes já não oficia há muito pela cozinha do “Galito”, mas sempre que olho o sorriso amável com que o filho, o Henrique Galito, me recebe naquela casa, que visito há décadas, sinto a certeza de que o testemunho segue em boas mãos.
O grande “drama” dos restaurantes alentejanos é que a transição entre as entradas e os pratos às vezes é difícil de estabelecer, tal é a abundâncias das primeiras, que nos começam a chegar à mesa logo que nos sentamos. As favinhas, a perdiz de escabeche, a salada de coelho, as empadas, os torresmos, os míscaros, o queijo fresco e tutti quanti fazem uma refeição, se nos distrairmos, com o belo pão alentejano a ajudar.
Resolvemos evitar os “clássicos”: açorda de coentros, pezinhos de porco de coentrada, migas de espargos ou à alentejana, com entrecosto ou lombo de porco frito, ou o ensopado de borrego.
Depois de uma boa dose de entradas, fomos para uma açorda de perdiz, por sugestão do Henrique. Não nos arrependemos. Uns carapauzinhos com arroz de coentros e uma costeletas de borrego compuseram a escolha, tudo num registo muito agradável.
A lista do “Galito” é bastante farta, mas a minha experiência nas casas tipicamente alentejanas aponta para que nos deixemos “conduzir” pelas sugestões da casa. Desde que tenhamos razões para nelas confiar, como é o caso.
Naturalmente, a carta de sobremesas segue a oferta magnífica que a doçaria do Alentejo sempre nos traz. Foi-se por uma sericaia, com a ameixa tradicional, e uma encharcada. Mas também por lá se pode encontrar o bolo rançoso, o pão de rala e outras doçarias do Sul. A única “traição” em favor do Norte é o pudim Abade de Priscos, em que o “Galito” pede meças.
A carta de vinhos é bastante completa, cuidando o Henrique em não se limitar aos alentejanos, embora eu lhe peça sempre sugestões de produções dessa região. Notei continuar a haver por ali excelentes vinhos do Douro.
Uma nota final. Para além da eterna simpatia e educação do Henrique, das últimas vezes que passei pelo “Galito” ficou-me uma impressão menos agradável do serviço às mesas: demasiado “à vontade” e displicente, com excessiva conversa e “bocas” em voz alta. E não fui a única pessoa a notar isto, diga-se.
De todo o modo, como desde o primeiro dia, e já lá vão muitos anos, voltarei ao “Galito” sempre com imenso prazer.

Restaurante Galito
Rua Adelaide Cabete 7B
Carnide, Lisboa

Tel. 217 111 088
Reserva recomendada
Fumadores
Preço médio: 25 euros

26.3.16

Lisboa - "Vela Latina"


A olhar o rio

Como sucede em todas as capitais, há em Lisboa um escasso grupo de restaurantes que eu arriscaria designar por “oficiosos”. São locais onde os empresários ou os políticos se encontram, às vezes uns com os outros, onde se fazem negócios e se afinam entendimentos. Alguns desses espaços atraem, pela sua fama, alguma clientela turística, outros preservam, nas suas frequentes “boiseries”, uma existência mais discreta, apoiados numa “fauna” oriunda de escritórios de advogados e de figuras das empresas. Porque esses setores profissionais são naturalmente dados a almoços “leves”, a condição de haver uma boa oferta de peixe é essencial, o que, em alguns casos, não é incompatível com uma oferta culinária mais criativa e “pesada”.

O menos “típico” desses restaurantes é talvez o “Vela Latina”, que existe desde 1988. Porquê? Desde logo porque, num país onde muitos restaurantes tradicionais vivem de luz artificial, ali há luminosidade natural, vidraças e esplanada sobre a zona do Tejo e da Torre de Belém, num ambiente de decoração que nos traz o mar. Depois, porque a amplitude do espaço permite ter conversas discretas, que podem ser iniciadas na zona de espera do bar e, se necessário, prosseguir numa excelente sala privada.

O “Vela Latina” parece imune ao tempo. Sem ser moderno, mantendo mesmo um mobiliário algo datado, o seu espaço projeta uma leveza agradável. É-se por lá servido com uma delicadeza profissional saudavelmente antiga, discreta, atenta, aconselhadora, sem subserviência nem o “casual arrogant” de outros locais. E, coisa rara nos tempos que correm, há lugar para estacionar o carro, uma verdadeira bênção em Lisboa.

Passei por lá há escassos dias, para um almoço. As ofertas sobre a mesa não eram muito criativas: queijo fresco e salmão, com pequenas torradas. Mas o essencial estava para vir.

A lista é muito equilibrada, com peixes e mariscos em destaque: filetes de pescada, lombo de peixe galo com endívias, rolinhos de linguado com gambas, peixe fresco do dia – robalo, pregado, dourada, linguado, cherne, dourada. Hipóteses eram ainda os “clássicos” sopa ou salada de lavagante, o arroz de coentros com lagosta ou a cataplana rica do mar. Antes, claro, poder-se-ia ter escolhido um creme de santola, raviolis de lagostins ou umas ameijoas à Bulhão Pato. Nos pratos do dia, ainda nos peixes, havia lombinhos de pescada com alcachofras.

Comemos duas sopas: creme de courgettes com coentros e um creme de espargos verdes, ambas bem. Depois, seguimos para um bacalhau com migas de pão de milho,  os rolinhos de linguado e uma empada de caça com castanhas e salada verde. Tudo estava a preceito, embora sem deslumbre, com o bacalhau com parcimónia sábia no sal e a empada muito saborosa, se bem que a salada verde que acompanhava a empada pudesse ser mais viçosa. Nas carnes, ainda havia uns medalhões de porco grelhados, um “carré” de borrego e “entrecôte” e lombo de Black Angus. A apresentação dos pratos é “conservadora”, tradicional.

A oferta de sobremesas era muito tentadora, com uma pastelaria da casa de que se provou um ótimo pastel de nata, uma mousse de chocolate belga no ponto certo de textura e um “cheese cake” de qualidade. Mas muito mais havia por lá.

Uma boa, equilibrada e informativa lista de vinhos, a preços razoáveis, ajudou bastante a refeição.

Gosto muito do caráter clássico do “Vela Latina”. Não há por ali surpresas, há constância e um profissionalismo sólido.

“Vela Latina”
Doca do Bom Sucesso
Lisboa
Tel. 213017118/910174024
Zona de fumadores
Encerra aos domingos
GPS: 38°41’34.48”N 9°12’47.27”W
Preço médio: 35 euros

29.1.16

Chaves - Restaurante Carvalho



Chaves do pecado…

Comecemos pelo óbvio: o principal pecado que Chaves convoca, para o que aqui nos traz, é o da gula, como não podia deixar de ser.

Outros pecados por lá haverá, estou certo, não perpassasse pela cidade aquele ambiente de transgressão que as urbes raianas acarretam sempre consigo, vindo dos tempos das travessias clandestinas das fronteiras, com a política ou a necessidade económica como motivo. Já vai longe, felizmente, a era do contrabando em que se ia à Aninhas Vitorino ou das combinas, às mesas do Aurora ou do Comercial, sobre a forma de facilitar a um amigo a passagem para o outro lado de Vila Verde da Raia. Hoje, nesta terra de generais da Liberdade, como foram Sousa Dias ou Costa Gomes, o único “contrabando” é o das calorias que a culinária local, apoiada nos excelentes produtos da região, nos impõe.

Mas este texto é sobre a cidade ou sobre um restaurante, impacientar-se-á o leitor? É sobre o “Carvalho”, um restaurante moderno “à antiga”, que, há vários anos, considero ser a melhor mesa da cidade, com uma cozinha genuína e de grande qualidade, um local de onde nunca saí desiludido.

Voltei lá, há dias. Decidi, por esta vez, assentar a refeição exclusivamente nas carnes, se bem que a oferta de peixe (sável, garoupa, linguado, rodovalho, congro, pescada e, claro, bacalhau) fosse muito prometedora.

Começou-se com uma alheira (feita na casa), de grande qualidade, e com salpicão no borralho, com acompanhamento de grelos. Resisti ao presunto de Chaves, um dos melhores do país, e à linguíça assada.

Como pratos “de resistência” foram os três que pareceram representativos.

Uma vitela no tacho com castanhas fez honra à carne da região, com uma textura excelente, um molho muito saboroso, a que as castanhas se ligavam à perfeição. Depois, provou-se o cordeirinho assado no forno, extremamente tenro e com um paladar como requerido. Finalmente, foi-se por uns milhos com costelinhas, que eu diria quase ao nível daqueles que a dona Fernanda nos serve na Ucanha, perto de Tarouca, e que tenho como referência do sabor ideal.

Diga-se que as carnes, no Carvalho, não se ficam por aqui. Já por lá provei o naco de vitela de grande qualidade, tenho saudades do seu arroz de fumeiro e, “last but not least”, a dona Ilda – chefe desta cozinha exemplar, que às vezes espreita às mesas para olhar as nossas caras regaladas – faz um arroz de frango de cabidela de se comer e chorar por mais.

Sobremesas? É uma lista grande, com as coisas óbvias e outras que o são menos. Escolhemos três “pecados” de doçaria: as migas do Carvalho (com chila, ovos’ amêndoa e vinho do Porto), o aveludado de laranja e as rabanadas – que aqui se fazem ao longo do ano e com uma leveza e textura muito raras.

Restam os vinhos. A lista de sugestões não é muito longa. Optei por um Carm tinto 2011, do Douro superior, um vinho intenso que sempre tenho como uma aposta segura.

O serviço do restaurante é impecável, de um profissionalismo quase sem falhas. Este é, sem a menor dúvida, um dos mais seguros valores da restauração transmontana. Regressarei ao Carvalho sempre que possa. Que posso dizer mais?

Restaurante Carvalho
Alameda do Tabulado
Tel. 276 321 727
Preço médio: 25 euros
Reserva recomendada
Fecha à 2a feira
Wifi





Opções na área


Em Chaves, a preços mais módicos, recomendo o simples Aprígio (276 321 053). Em Vidago, bastante mais caro mas de grande qualidade, é o Restaurante gourmet do Hotel Vidago Palace (276 990 920)

25.12.15

Natais


Contrariamente ao que se pensa, o problema não está no que se come entre o Natal e o Ano Novo. O problema, de facto, reside naquilo que se come entre o Ano Novo e o Natal.

Boas Festas!

27.9.15

Tomba Lobos (Portalegre)


Como transmontano, confesso que nunca me reconciliei com a leitura de “campo” de muitos dos meus amigos lisboetas, frequentemente reduzida às longas planuras do Alentejo. Para quem nasceu “para além do Marão”, campo é outra coisa: são as serras, as montanhas, as pedras escalavradas e as urzes bravas. Por tudo isso, como cenário possível de compromisso a Sul, o Alto Alentejo é a zona onde me sinto bem. Tem, da região alentejana, todos os paladares e maneira de estar, conserva os seus inigualáveis ritmos do tempo, mas surge já cruzado com a dureza do terreno que se abre às Beiras, terras que me são mais próximas.

Fui há dias ao Alto Alentejo à procura de um cultor sereno dos sabores da região, o José Júlio Vintém. Conheci-o há um bom par de anos, quando agarrou, com maestria, um espaço simpático no centro da cidade de Portalegre. Segui-o depois, ao longo do tempo: vi-o já ali, numa moradia de periferia da cidade, em cenário rural, onde combina uma sala mais tradicional com um local adequado ao freguês do petisco, que, o tempo ajudando, pode acabar a acomodar-se na tertúlia galhofeira numa esplanada dianteira. Soube da aventura no Brasil e, agora, deste saudável regresso às origens. Que se saúda!

Com o José Júlio, a minha regra é irrevogável: deixo-o ir trazendo da cozinha o que o estiver para sair. Vieram assim, para além do excelente pão local, uma salada de beldroegas, um queijo de cabra assado no forno com orégãos, tibornas de tomates com azeite e uns peixinhos da horta - uma entrada simples por cuja textura “al dente” eu costumo testar o dedo dos cozinheiros. Por ali, nunca se enganam. Ah! E umas bolas panadas de rabo de porco, que, à vista, até presumi de alheira. Fechei as entradas com uma saborosa perdiz de escabeche, em cama de espinafres.

Que teria eu perdido, entretanto? Olhei a lista e lá estavam “paletes” de petiscos, que ficam para uma próxima vista, de que lhes deixo uma pequena amostra: pétalas de toucinho de porco alentejano no forno, rabinhos de tomatada panados, coelho em molho de vilão, molejas de borrego salteadas e umas inusitadas favas com morangos e enchidos do norte alentejano. E muito mais.

Nesse cardápio, surgiam umas iniciais misteriosas: PA, CA, TA. Lá me esclareceram: “produto alentejano”, “confeção alentejana”, “tipicamente alentejana”. Ali não se brinca em serviço!

Deixei os petiscos de entrada, terreno onde, como se sabe, no Alentejo se pode fazer uma refeição completa. Segui depois por uma açorda gratinada de fraca, com poejo, quiçá avinagrada um pouco demais para o meu gosto. Fechei este capítulo com um excelente rabo de boi guisado, de carne certificada.

Regressei à consulta da carta, para mais uma dose de angústia sobre o que entretanto perdera. Ali estavam, por exemplo, as sardinhas albardadas com açorda de coentros, o peito de galo recheado com farinheira, os nacos de vitela ao alhinho, com azeite virgem. E, claro, as sopas, açordas e migas, mas também diversos pratos com viandas de porco, touro, pato ou javali, além de vários usos criativos de bacalhau.

A lista de sobremesas é curta, mas cuida em separar os doces conventuais (o torrão real, os fartes, o queijinho de ovo) das receitas regionais, onde estão a boleima de maçã e um pudim de queijo com pétalas de rosa, além de outros bolos e tartes com marca local.

A carta de vinhos também não é muito longa e, naturalmente, privilegia os alentejanos. Por recomendação da casa, fui para um “Terrenus”, tinto de 2011, ali mesmo da Serra de S. Mamede, não muito denso, com um final prolongado agradável na boca. E preço módico que ajudou a uma conta que foi “em conta”, mas que sempre variará com o apetite do cliente.

Que recomendo ao visitante que vá de longe? Desde logo, que antes inquira o que de especial lhe pode ser preparado, se não quer perder alguns dos pratos que aqui leu. Ou que arrisque o que houver, porque o risco é sempre escasso.

O “Tomba Lobos” renasceu neste subúrbio de Portalegre. Que tenha longa vida! 



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* É o farfalhudo bigode do Apolino, o colaborador de sala que segue o José Júlio desde a casa original, que primeiro nos recebe com o seu sorriso franco. Cúmplice discreto dos usos da casa, o Apolino é hoje um cicerone atento.


* O Tomba Lobos existiria sem a Catarina? Duvido. Ela é a força motriz ao lado do José Júlio, dona de uma ironia sofisticada, companheira firme e serena de todas as horas.


* “Em Portalegre, cidade do Alto Alentejo, cercada de serras, ventos, penhascos, oliveiras e sobreiros, morei numa casa velha, velha grande tosca e bela, à qual quis como se fora feita para eu morar nela”, in Toada de Portalegre, de José Régio


* A serra é a vida do José Júlio. As hortas onde cultiva, os pequenos produtores que acarinha, a caça que traz para a cozinha, os amigos com quem faz tertúlia. Conheceu muito mundo mas é naquela serra que decanta anos de mesas e vivências, numa cozinha que só é pretensiosa na qualidade.

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Tomba Lobos
Bairro da Pedra Basta, 16
Sé,
7300-529 Portalegre

Tel: 245 906 111
Estacionamento fácil
Wifi
Não fumadores
Encerra: domingo ao jantar e 2ª feira


25.9.15

"Retiro do Chefe Costa" (Lisboa, Alcântara)


Um Chefe que não pede de estrelas


Há muitos anos que sentia alguma curiosidade ao olhar aquele restaurante, situado do lado mais inestético do largo de Alcântara, no sopé do bairro do Alvito. O nome – “O Retiro do Chefe Costa” - era, em si mesmo, bizarro. Via-o quando tomava o caminho para a ponte sobre o Tejo. Amigos diziam-me ser muito recomendável, mas o aspeto exterior, confesso, não me entusiasmava, pelo que fui hesitando. Até há dias.
Como se chega lá? De carro, saindo de um semáforo junto à estação de Alcântara-Terra, atravessa-se em perpendicular a avenida de Ceuta. No final dessa travessia (mas só no final, caso contrário arrisca-se a ir parar a Almada!), corta-se à esquerda, prosseguindo depois pouco mais de uma centena de metros. Mas também se pode atravessar a pé, do lado da rua Prior do Crato, depois da passagem de nível.
O interior do “Retiro”, não tendo o menor luxo, supera francamente a sua imagem externa, num edifício que me disseram ter sido em tempos um cinema popular de Alcântara. É o típico restaurante popular de bairro de Lisboa, limpo, com pessoal amável, onde dá vontade de levar um grupo de amigos e ficar por ali à conversa, por horas.
A lista – como já me tinham dito – é impressionante de variedade. Os peixes têm um lugar predominante. Não optei pela emblemática Massada de garoupa à Hortense, de que todos me falam, preferindo desta vez um Caril de Camarão à Goa, que se apresentou magnífico de textura e sabor. Mas também figuravam na lista a Sopa rica de peixe à Fragateira, o Bacalhau na caçarola à Caldelas – denunciando a raiz minhota da casa -, o Arroz de polvo no tacho com gambas, os Lombinhos de garoupa à Berlengas e vários outros pratos de peixe, com uma oferta muito variada de mariscos.
Nas carnes, optou-se por um Cabrito do Norte assado à Cabeceiras, que ganharia em estar menos seco, embora muito agradável no sabor. A origem setentrional da casa voltou a notar-se nos Rojões de Porco no tacho à Bracarense, que luziam numa mesa ao lado. Uma Dobrada de feijão branco e o clássico Arroz de pato à Antiga compunham a oferta, onde figuravam ainda as várias declinações tradicionais das carnes, fosse de vitela ou de porco.
Numa parede anunciava-se que, por encomenda, era possível comer por ali Lebre, Coelho bravo e perdiz. Uma boa oportunidade.
A refeição fora aberta com umas belas chamuças, bolos de bacalhau e azeitonas, deixando de parte uma ovas que também prometiam.
Nas sobremesas, o menu não inventa e segue a regra nacional: arroz doce, pudim de ovos, leite creme, mousse de chocolate, semifrio, algumas tartes, etc. Provou-se apenas o arroz doce, que estava bom.
A carta de vinhos, manuscrita, é surpreendentemente variada, com a curiosidade de apresentar vários verdes, dos brancos minhotos ao tinto, incluindo o “vinhão” de Ponte de Lima. Nela predominam os Alentejos, se bem que os Douros e alguns Dão também por ali surjam, a preços muito razoáveis. Há vinho ao jarro e, claro, sangria.
A minha experiência nesta visita ao “Retiro” foi manifestamente curta, como o leitor terá verificado. Mas a prova provada de que foi positiva é que fiquei com uma forte vontade de lá voltar, muito em breve.
Acho importante apoiar a continuidade deste tipo de casas, onde uma cozinha genuína, sem arrebiques mas com uma qualidade sustentada no tempo, em doses generosas, servida por gente esforçada e muito agradável, nos oferece uma relação qualidade/preço que, neste caso, é do melhor que tenho visto por esta Lisboa.      

LISBOA (ALCÂNTARA)
“O Retiro do Chefe Costa”
Estrada do Alvito, 12,
1300 Lisboa
Tlf. 213 637 914   
Fecha à 2ª feira
Reserva recomendada
Preço médio/pessoa: 15/18 euros
Aceita Multibanco, Visa, Mastercard